En un supermercado no siempre los productos situados en la cabecera bajo el cartel de OFERTA o los etiquetados Packs Ahorro, son los más baratos ¿Y cómo lo puedes saber? Con la duda. Dudando.

Si no te lo cuestionas y adquieres directamente ese producto de ahí, no te darás cuenta de que en el pasillo lateral puede que existan otro u otros productos similares a mejor precio o simplemente que te gusten más, o que dos paquetes sencillos salgan más baratos que el pack ahorro.

Pues eso, y no sólo por tu economía, es bueno dudar.

Si no dudamos, si no nos cuestionamos, cerramos la puerta a otras posibilidades, a descubrir novedades y por lo tanto a enriquecernos de muchas maneras.

Es verdad que la duda incomoda (y lleva tiempo), que las personas elegimos facilidades, respuestas, y si son rápidas mucho mejor, aunque éstas sean “justitas”. Preferimos seguridades, certezas aunque éstas no sean tales.

En el programa para directivos Mentes Flexibles hablamos, y en otras ocasiones hemos escrito aquí sobre “no salir de dudas, sino de entrar en ellas”. No se trata de dudar de todo, de empezar de cero siempre, ni de no decidirse por los platos de un menú cuando sales a comer.

Se trata de dudar útilmente, de “saber usarnos, aprovecharnos mejor”, de dejar tiempo y espacio para reunir todas nuestras experiencias y conocimientos para confeccionar y ofrecer una buena respuesta para no dar una respuesta inmediata que quizá deje fuera muchas de esas cosas que ya tenemos ganadas

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Este asunto de la duda tiene también un carácter filosófico, profundo y complejo para el ser humano a lo largo de su existencia, (aprovechamos aquí para recomendar la lectura del libro Elogio de la duda de Victoria Camps -Ed.Arpa-) y proponemos empezar a practicar la duda en lo cotidiano, en cosas que ya damos por hecho y en otras nuevas que vayan surgiendo y ver qué notas, qué cambia, qué pasa…

Puedes empezar dudando de lo escrito en este post.